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Patrona
de la población. Su
fiesta se celebra el 5 de Agosto.
Imagen
enviada por Ángel Luis Estecha.
Saludos.
Cuando a alguien se le propone la lectura del pregón de las fiestas de
cualquier localidad, lo primero que se le pasa por la mente es toda una serie de
excusas, unas creíbles y otras no, con las que cumplir aquello de: "si es
posible, pase de mí este cáliz", ya que se trata de hablar de un pueblo o una
ciudad, ante quienes saben muchísimo más de ese lugar que el que pregona. Por
ello, ya desde este momento os pido perdón por la osadía de ser el pregonero sin
haber olido, sentido y pisado vuestro pueblo como, sin lugar a dudas, lo habéis
hecho vosotros. Sin embargo, en este caso, tres razones y un recuerdo han hecho
que yo no intentara, siquiera, buscar un mínimo pretexto. La primera razón tiene
un origen familiar, ya que los padres de mi mujer y sus familias, los abuelos de
mis hijos, e incluso mis suegros, son olmedeños. Otra de las razones proviene de
aquel que me invitó a pronunciar el pregón: D. José, o Pepe, que es como todos
lo llamáis aquí. D. José, Pepe, que ha sido el sacerdote con el que he crecido
física y espiritualmente, y el que me ha enseñado la devoción a la Virgen de la
Paz, es olmedeño por los cinco costados, es de los que necesita beberse el aire
de la Olmeda, para continuar el camino. Y la última de las razones proviene de
una olmedeña, Begoña, que es la persona a la que mi mujer y yo confiamos el
cuidado de nuestro mayor y único tesoro: nuestros hijos. Por todos ellos, yo no
podía negarme. Os decía antes que también había un recuerdo, y ese recuerdo es
para vuestro anterior sacerdote, Virgilio, que me precedió en esta difícil tarea
del pregón, y que me estará escuchando desde el cielo. Por esas tres razones y
por ese recuerdo, me ha sido imposible inventar excusa alguna, y aquí estoy.
Quiero, en este momento, daros las gracias por permitirme el honor de ser el
primer pregonero del siglo XXI, del tercer milenio de la era
cristiana.
Os pido, pues, licencia, para empezar el pregón, que no es otra cosa que
anunciar un hecho en voz alta; y solicito permiso para poder considerarnos a
todos, por un rato, olmedeños, aún no habiendo nacido aquí.
¡Olmedeñas y Olmedeños!:
Os anuncio, cuando la fiesta de la Virgen, la de las Nieves, está a las
puertas, que debéis ser un pueblo que mira con orgullo su historia. Fuisteis un
pueblo deseado por el Rey, Felipe Y, que consiguió arrebatar estas posesiones a
su antiguo dueño, el Marqués de las Valeras. Así, de llamaros "Olmeda cercana a
las Valeras", pasasteis a denominaros, ya en el siglo XVIII, "Olmeda del Rey".
Sufristeis, pues, un proceso de independencia pero, eso sí, sin violencia. Y no
está mal recordar esto, en un momento en que algunos, en España, quieren
conseguir su separación regando nuestra bendita tierra de sangre y muertes.
Decía que teníais que estar orgullosos de vuestro pasado, y, para eso, vamos a
volver la vista atrás, vamos a intentar imaginar cómo sería vuestro pueblo,
nuestro pueblo, antes de que en 1706 un incendio lo arrasara y dejara, tan solo,
siete casas. Mirad, en el cerro de San Pedro, en el lugar en el que ahora, por
mor de la modernidad, hay instaladas unas antiestéticas antenas, se erigía un
castillo, una fortaleza que constituía la manera de nacer un pueblo. Allí
ocurrirían, tal vez, fantásticas historias de damas y caballeros, de luchas y
conquistas, que alguien, alguna vez, tendrá que contar. Al abrigo del cerro- los
antiguos eran gente lista -, se fueron situando las casas de esta naciente
localidad. Al Noroeste, a trescientos pasos del pueblo, se situaba una de las
ermitas: la de San Sebastián; al Sureste, a ochocientos pasos sobre un cerro, la
de San Cristóbal; y en el Cerro de San Pedro, treinta pasos más abajo al Norte
del Castillo, la Ermita de San Pedro que fue parroquia, y en la que se honraba
al que fuera, antaño, vuestro patrón. Después, en 1588, se empezó a construir,
en honor a Nuestra Sra. de las Nieves, la magnífica Iglesia que hoy podemos
contemplar, y que en la actualidad nos muestra una miscelánea, tal vez, de las
distintas ermitas que existieron. Aparte de ermitas e iglesias, un pequeño
arroyo, que aún hoy podemos reconocer y que reivindica a pequeños gritos su
antigua existencia, cruzaba el pueblo, y después de regar algunos pedazos de
terreno y de dar un impulso en los meses lluviosos a un molino harinero,
propiedad de los Marqueses antes citados, corría a unirse al Júcar. También nos
dicen las crónicas que en las cercanías de la población había un pilar de agua
salobre y muchos manantiales de la misma clase en el término.
Tras el tremendo incendio de 1706, los dos Alcaldes Ordinarios, los dos
regidores, el procurador síndico, los dos Diputados y el Alcalde de la Santa
Hermandad, que constituían el gobierno del pueblo, junto con las buenas gentes
de la Olmeda, se pondrían manos a la obra a reconstruir todo lo que el
devastador fuego había destruido. No sabemos, a ciencia cierta, como fue la
reconstrucción, pero podemos imaginar, cómo vuestros antepasados, codo con codo,
olvidando diferencias humanas, trabajarían de sol a sol para recuperar un nivel
de vida digno. Lo único que conocemos es que algunos años más tarde, y según nos
dice la historia, el pueblo tenía 190 casas, había cárcel y ayuntamiento, un
edificio destinado para pósito, y una escuela de primeras letras a la que
concurrían niños de ambos sexos-adelantándose, ya entonces, a la coeducación-, a
pesar de lo poco que se les enseñaba por parte del maestro, que tenía que
ocuparse en otros menesteres, para completar el escaso sueldo que recibía. Ya
conocéis aquel dicho popular que decía: "pasas más hambre que un maestro de
escuela"; afortunadamente, para los que nos dedicamos a la enseñanza, los
tiempos han cambiado.
Sois, como habéis podido comprobar, un pueblo de gente trabajadora y
luchadora, que ha sabido sobreponerse a las dificultades que toda persona o
colectivo se encuentra en el camino, por lo que debéis estar tremendamente
orgullosos.
¡Olmedeñas y Olmedeños!
Os anuncio que podéis mirar al futuro con esperanza porque tenéis la
inmensa suerte de ser un pueblo protegido. Y no me refiero a la protección
terrena, a la que podéis procuraros vosotros o vuestras autoridades, que al
tratarse de personas humanas, unas veces será buena, otras
regular y otras mala. Quiero decir que estáis protegidos desde lo alto,
desde el cielo, ya que allí tenéis a un gran embajador, alguien de primerísima
fila celeste, un olmedeño que vela día y noche por vosotros. Creo que todos
adivináis que me refiero, sin duda, al Padre Víctor.
Esta celestial protección empezó a labrarse hace noventa y nueve años, en
una de las casas de vuestro pueblo. El 28 de Julio del año 1902, día de la
Virgen de la Paz, vio la luz un bebé que estaba destinado, ¡qué paradoja! , a
morir como víctima de una guerra. No me cuesta nada, queridos amigos, imaginarme
al niño Víctor correteando por las calles de la Olmeda, subiendo a los cerros y
dejándose caer, rodando, desde el cerro de San Pedro; o buscando la sombra en el
lugar que al que conocíais como "debajo del Olmo"; o participando en vuestras
fiestas, o asistiendo a la escuela del pueblo, o.. ,en
fin, viviendo, como viven los niños.
Pasaría, vuestro Víctor, muchas horas en la Iglesia, ante el Santísimo.
Admiraría, sin duda, ese lienzo de la Santa faz, que transmite paz, serenidad y
cercanía; y ese maravilloso Cristo de Marfil, perdido en la guerra civil y
recuperado en Granada; se encomendaría al Buen Pastor ante el fantástico cuadro
del siglo XVIII; pediría la virtud de la pureza ante el cuadro de la Purísima; y
se emocionaría, cómo no hacerlo, ante vuestra Dolorosa y vuestro descoyuntable
Cristo, anticipando, quizá, aunque inconscientemente, sus propios dolores y su
descoyuntada muerte. Seguramente cantó y compuso cánticos de alabanza a Dios, en
el órgano que había en el coro de vuestro templo, ya que no lo pudo hacer en el
órgano que donó Amós, y que espera impacientemente, en la sacristía, algún
músico que lo haga cantar. Lo que ocurrió después, cuando marchó del pueblo, lo
conocéis mejor que yo. Probablemente, aquella madrugada del 16 de Agosto, cuando
sus asesinos le apuntaban, Víctor Chumillas dedicó sus últimas oraciones al
Cristo de la Paz, su patrón, vuestro patrón, y a la Madre de las Nieves. Hasta
en su muerte fue elegante el Padre Víctor, ya que pasó al cielo detrás de la
Virgen, tras su Asunción.
Ninguno de nosotros sabe si el Padre Víctor será declarado Beato por la
Iglesia, pero sea como fuere, siempre tendremos en él y en los que como él
fueron, un ejemplo a seguir, un modelo a imitar.
Tengo que ir terminando, pero no quiero marcharme sin deciros algunas
cosas, que, a buen seguro, rubricaría el padre Víctor. ¡Olmedeñas y olmedeños!
Intentad rescatar vuestro pasado, recuperad los vestigios de vuestro castillo y
vuestras ermitas, que en algún lugar tienen que estar. Escribid vuestra propia
historia buceando en documentos y legajos. Y aprovechad el próximo año, en el
que se cumplirá el primer centenario del nacimiento del Padre Víctor, para
reivindicar su figura como olmedeño, impulsar su beatificación, y, por qué no,
para que todo aquel que no tenga la suerte de conocer este pueblo, lo
haga.
Queridos amigos, el pregón va a terminar y al pregonero sólo le queda,
para cumplir con el rito, decir:
Qué suene la música, qué empiece la fiesta, y que la Virgen de las Nieves
nos proteja.
MUCHAS GRACIAS
Pregón
de Pedro Jose Garcia Hidalgo, 2001.
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